J. H. Newman

  Centro de Estudios Superiores

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El humanismo del que vive la Universidad según J. H. Newman

 

 

1. Newman y la Universidad: experiencia y escritos

 

La figura de John H. Newman tiene ese atractivo indudable del hombre que reúne en sí mismo cualidades y dedicaciones que parecerían excluirse. Y así, pudo dedicarse a lo largo de su vida a distintas actividades, como la teología, el debate cultural y social, la poesía, la novela y, de modo especial, la educación. En sus años más maduros a la educación de niños en el Colegio que fundó en Birmingham con los demás miembros del Oratorio de Birmingham. Pero en el corazón llevó siempre la educación universitaria, desde su incorporación como fellow a Oriol College, en la Universidad de Oxford. Si su conversión al catolicismo lo alejó en 1845 definitivamente de Oxford, entonces institución confesionalmente anglicana, no por eso dejó de llevar siempre el ideal de la tradición universitaria, especialmente la oxoniense, en el corazón. Cuando, ya octogenario, fue invitado en 1880 de nuevo a visitar Oxford, ahora como muy ilustre hijo de la Universidad, el año precedente había recibido el nombramiento de Cardenal de la Iglesia Católica (1879). Ian Ker, en su autorizada biografía de Newman, se pregunta cuál de los dos honores habrá resonado más personalmente en el anciano hombre de Dios,[1] porque si bien el título de Cardenal comportaba un reconocimiento por parte del Papa León XIII de los méritos de su obra y el honor de verse especialmente asociado al ministerio del Sucesor de Pedro, el reconocimiento de Oxford hacía resonar interiormente la dedicación elegida a la educación, las antiguas amistades y la pureza única del Movimiento de Oxford, en el que Newman y sus colegas y alumnos intentaron conectar la Universidad con sus más hondas raíces. Se puede ver en el dolorido artículo de 1838 Medieval Oxford hasta qué punto un todavía joven Newman llevaba en su corazón los ideales de la Universidad, al mismo tiempo que reconocía el peligro de ruina que lo amenazaba[2].

Pocos años después de su salida de Oxford Newman fue solicitado para hacerse cargo de la Universidad Católica de Dublín como fundador y primer rector. Estuvo ocho años al frente de la Universidad, que fueron de un constante sacrificio por el continuo ir y venir entre Birmingham y Dublín, pero también por una cierta incomprensión de lo que él consideraba la tarea universitaria, también de una Universidad Católica. En cualquier caso la experiencia en Irlanda dio ocasión a su obra sobrela educación universitaria más conocida, que publicó más tarde con el título The Idea of a University, formada de dos partes, la primera con las 9 conferencias que dio antes de la fundación de la institución como preparación a ella, la segunda con 10 discursos como rector. Además, durante estos mismos años de Dublín aparecieron en la Catholic University Gazette una veintena de artículos suyos sobre la historia de la idea universitaria, que él mismo recogió más tarde en el tercer volumen de los Historical Skteches con el título Rise and Progress of Universities[3]. Nosotros seguiremos aquí especialmente a esta obra menos conocida de Newman. Además de la erudición y la seriedad del discurso, encontramos en ella un talante más intuitivo y un «tono de conversación», como dice él mismo en la advertencia inicial, que la diferencian the Idea of a University. Es una verdadera historia no tanto de la institución universitaria sino de lo que él mismo denomina el «principio universitario», y que encuentra activo por primera vez en la antigua Atenas, mucho antes de la fundación de las universidades en la Edad Media.

Newman tiene la capacidad de los grandes pensadores ingleses, ese secreto que buscan los filósofos, el del universale concretum, precisamente como hombre siempre realista y concreto, contemplativo y práctico a la vez, que nunca pierde de vista la trascendencia de lo singular en lo universal ni la presencia de lo universal en lo singular. Para él el término «idea» tiene el mismo peso que para Platón, es decir, lo más valioso de la realidad y lo más real de ella, pero no residiendo en el mundo de las ideas sino habitando, como principio vital, en el espíritu de los grandes hombres de la universidad. El «principio universitario» podemos considerarlo equivalente a la «idea de la Universidad», pues como principio o como idea ha requerido y ha encontrado, a lo largo de los siglos, grandes personalidades que lo han hecho propio y se han puesto a su servicio. Esto es lo que queremos decir con el título de «el humanismo del que vive la Universidad»: este humanismo no es una ideología ni es un proyecto, es una grande y sencilla intuición que algunos acogen y otros no, que requiere lo que Newman llamaría «corazón», es decir, contacto íntimo con una verdad que es más grande que la propia persona y que merece la vitalidad de la propia sangre. ¿De qué vive la Universidad? De hombres que acogen el principio universitario personalmente y sólo secundariamente lo exigen a la institución universitaria.

Como institución, la Universidad empieza con el medieval Studium Generale o escuela del saber universal, que requiere profesores de todas las ciencias y alumnos interesados en los diversos campos del conocimiento. La Universidad parece ser «un lugar para la comunicación y la circulación del pensamiento por medio del trato personal a través de una amplia población» (6). Ya estos elementos que componen la institución son personalmente exigentes de capacidad de comunicación, apertura para la circulación de las ideas y para el trato con los demás. Es un lugar de educación mutua, pero no en primer lugar, por medio de libros, pues por más que de éstos haya mucho que aprender respecto del saber, «el detalle, el color, el tono, el aire, la vida que lo hace vivir en nosotros, sólo se puede captar de aquéllos en los que ya vive» (7). Los lugares de la convivencia humana, reconoce Newman, en los que se da una educación recíproca de los que participan, son más de uno, hasta el punto de que la ciudad misma se puede considerar una especie de Universidad virtual (14); son lugares en los que no predomina la enseñanza escrita, sino la palabra viva y la escucha atenta, el encuentro de las personas y la atención recíproca; pero la Universidad añade a esta educación continua del trato humano noble y elegante la finalidad de servir a los estudiantes que llegan a ella en busca de todo tipo de conocimiento. Newman describe con toda su alma lo que distingue a la Universidad como espacio humano:

 

[Es] el lugar en el que mil escuelas aportan su contribución; en el que la inteligencia puede oscilar y especular, segura de encontrar su igual en alguna actividad antagonista y su juez en el tribunal de la verdad. Es un lugar en el que la indagación se favorece y lleva adelante, y los descubrimientos son verificados y perfeccionados y la precipitación se hace inocua, y el error es mostrado por la colisión de una mente con otra y de un conocimiento con otro. Es el lugar donde el profesor se vuelve elocuente y es un misionero y un predicador, que expone su ciencia en su forma más completa y conquistadora, ofreciéndola con el celo del entusiasmo y encendiendo su propio amor por ella en los pechos de sus oyentes... Es una sede de sabiduría, una luz del mundo, un ministro de la fe, un Alma Mater de la generación que madura (16).

 

Es probable que muchos profesores de la Universidad sonrían escépticos ante una descripción así. Se podrían preguntar si la experiencia de Newman en la Universidad ha sido realista o si la Universidad de entonces era tan drásticamente diferente a la que hoy conocemos que no tenga ninguna semejanza con ésta. En realidad, tampoco en Oxford la experiencia de Newman había sido fácil. El artículo ya mencionado de 1838, Medieval Oxford, es sumamente crítico respecto justamente de la vitalidad de la institución. De nuevo hay que decirlo, para él, la decepcionante situación de las instituciones no alcanza a dañar la salud del principio universitario con tal que haya corazones que lo acojan. Oxford por eso, junto a la ruina descrita en ese artículo, pudo ser y fue la gran primavera intelectual de Newman que se desplegó especialmente en los 8 años (1833-1841) del Movimiento de Oxford. En otras palabras, le bastaron pocos amigos entre los profesores y alumnos para sentir toda la vitalidad del principio universitario y para servirlo con la increíble energía que admiró entonces Inglaterra y que hoy seguimos admirando[4].

            Pero se va haciendo necesario intentar dar una respuesta a la pregunta de en qué consiste este principio universitario. Newman responde en Rise and Progress of Universities con el recorrido histórico que mencionábamos, deteniéndose primero en una consideración topográfica sobre el lugar en el que debe edificarse una Universidad. Porque no cualquier sitio favorece las tareas universitarias. Tiene que ser un sitio «liberal y noble» (24). La consideración no es banal de ninguna manera. Las páginas dedicadas a este tema son de primer rango desde el punto de vista literario por su fuerza imaginativa y evocativa de las lugares históricos de las grandes Universidades, y precisamente esa  forma literaria trasmite consigo ya una imagen del mundo con la que el principio universitario tiene que contar: el mundo como un cosmos, como un orden bello y pacífico, que merece la atención agradecida de lo que lo habitan. Sin esta paz fundamental, que se despierta con la gratitud admirada por las cosas de este mundo, no puede ser acogido el principio universitario, y en su lugar se asentará como primera palabra el poder. No hay alternativa: o se agradece el don del ser o se acumula poder para llegar a ser.

 

 

2. El principio universitario en la historia

 

En el recorrido histórico del principio universitario que contempla, Newman no reconoce una pura evolución progresiva. El método de la evolución, por su propia inercia, va de etapa en etapa con una especie de degradación sistemática de lo que va quedando atrás, pues el verdadero interés está siempre en la etapa última del progreso, la cual concentra todo el valor de las etapas precedentes. Éstas pueden desaparecer como no aptas para la actualidad y, en el fondo, pues no tienen otro significado que explicar y dar paso a lo actual, como ya no relevantes. Este método puramente evolucionista o ideología del progreso quiso ser naturalizado para todo el ámbito del saber por la Ilustración, bajo el supuesto que precisamente en la época actual la humanidad llega a una madurez que las etapas anteriores, incapaces aún del saber audaz que no toma en sus manos lo que antes se atribuía a espíritus superiores al espíritu humano. Hoy resulta evidente que las prospectivas de la Ilustración de una paz perpetua y una justicia universal no se han cumplido. Pero ya en su época, frente a este método de la evolución de todos los fenómenos humanos, Newman prefiere el método que podemos llamar, con H. U. von Balthasar[5], de la integración, para el que el progreso no contradice ni hace superflua la experiencia precedente, de modo que el progreso es al mismo tiempo una afirmación de la tradición. La visión que este método procura permite valorar cada época en su originalidad y en su propia grandeza, sin tener que disolver todo en el movimiento hacia adelante.

            Por eso, las sucesivas etapas de la historia del principio universitario no van desapareciendo como irrelevantes después de su momento, sino que siguen siendo elocuentes y dignas de admirada atención. Así, Newman va trazando cuadros históricos magníficos en lo cada uno que han tenido de único y en el modo en que han dado asiento y vida al principio universitario. En este método no es cada etapa la que se constituye en sujeto, sino las grandes figuras de los maestros o pensadores o legisladores o gobernantes que han acogido dicho principio y han servido a sus realizaciones.

            En Atenas empieza el recorrido de la vida de la Universidad, considerando la ciudad en un amplio arco de tiempo, desde los grandes maestros del siglo IV a. C. hasta los jóvenes estudiantes capadocios Basilio y Gregorio del siglo IV d. C. Aquí el principio universitario se llama filosofía, y la Universidad que es Atenas va siendo dibujada por la pluma de Newman siguiendo el sencillo procedimiento de los grandes pensadores que han visitado Atenas para su formación o para quedarse en ella como maestros. Los nombres se multiplican no en orden cronológico, sino según una reconstrucción narrativa que conjuga erudición y creatividad: Cleantes, Cicerón, Horacio, Eunapio, Tucídides, Anaxágoras, Carnéades, Protágoras, Gorgias, Sofronio, Eusebio de  Cesaréa... llegaron a Atenas atraídos por el saber. Un ejemplo de la narrativa histórica de Newman: En el siglo IV a. C. un joven estudiante extranjero, que vive estrechamente, capta lamismísima presencia de Platón. Él no escucha ni una palabra de lo que dice, no se preocupa de escuchar; ni hace preguntas sobre el tema del discurso o la discusión; lo que él ve es un todo, completo en sí mismo, que no ha de crecer por adición... Será un punto en la historia de su vida; un lugar fijo en su memoria para descansar en él, un pensamiento ardiente en su corazón, un vínculo de unión con hombres de esa mentalidad... Pero Platón no es el único sabio, ni la visión de él es la única lección que aprender en este suburbio maravilloso. Es la región y el reino de la filosofía... Hemos seguido a nuestro estudiante en sus paseos desde la Acrópolis a la Vía Sacra; y ahora se encuentra en la zona de las escuelas... Epicuro se reclina en su jardín; Zenón parece una divinidad en su porche; el incansable Aristóteles, en otro lado de la ciudad, como en antagonismo con Platón, está haciendo caminar a sus discípulos en su Liceo... Nuestro estudiante ha decidido entrar él mismo como discípulo de Teofrasto, un maestro de extraordinaria popularidad, que había tenido al mismo tiempo dos mil alumnos de todas partes del mundo (41-43).

El capítulo termina con la significativa mención de la coincidencia en Atenas de Juliano, el futuro Emperador apóstata del cristianismo, y los santos Basilio y Gregorio de Nacianzo, considerados Doctores de la Iglesia. La Universidad, evidentemente, no programa la libertad de sus estudiantes.

            El hecho de la presencia de los Sofistas en Atenas es significativo para el principio universitario. Trata de esto un capítulo de nuestro libro de elocuente título: «Comercio libre en el conocimiento: los Sofistas» (47). La Universidad consiste ciertamente en demanda de conocimiento y oferta del mismo, en comunicación de conocimiento que vincula a los maestros con los alumnos mediante una atracción moral entre unos y otros. Una Universidad está viva sólo de nombre y ha perdido su esencia cuando falta esta atracción entre las personas. Newman, desde sus días como tutor en Oriel College, insistió siempre en que la dedicación personal y sacrificada de los educadores a los alumnos es la esencia de la tarea universitaria[6]. El prestigio, la dignidad, el poder, el dinero, pueden acompañar los servicios prestados en la educación, pero «vienen en segundo lugar, no en el primero... Primero el intelecto, luego las ventajas temporales, como sus instrumentos y como recompensas. No diré más sobre esto, pero tampoco menos» (49).

            Lo que Atenas nos deja para siempre es el modelo de la búsqueda del conocimiento por causa de sí mismo, búsqueda que posee su propia universalidad abierta a la totalidad de la verdad. Atenas nos deja esta herencia gracias a la genialidad única de sus maestros, los mencionados y también los que les preceden, los que hicieron posible la floración de los grandes momentos. Pero si la Universidad es influencia de maestros también es sistema educativo, y en esto Atenas fue más débil, sostiene Newman. Newman usa la palabra «influence» en un sentido fuerte, casi equivalente a inspiración. Es más decisiva la influencia que el sistema, porque la primera podría existir sin la segunda, pero la segunda no sin la primera. «Con la influencia hay vida, sin ella no... Un sistema académico sin influencia personal de profesores sobre alumnos es un invierno ártico; creará una Universidad atrapada en el hielo, petrificada, como hierro fundido, y nada más... El reino de la ley sin la influencia, sistema sin personalidad» (74). Newman se refiere entonces, discretamente, al estado de cosas en el que se suscitó el Movimiento de Oxford por acción de profesores decididos a influir con su pensamiento en el pensamiento de sus alumnos. «Ellos intentaron arreglar la situación y unir de nuevo regla e influencia, que habían sido por tanto tiempo separadas» (76). De Atenas al Movimiento de Oxford, nada menos, se puede reconocer la vitalidad del principio universitario.

            Queda así introducido un tema decisivo: «Las Universidades... comienzan con la influencia, terminan con el sistema. Primero... ha existido el trabajo de personas, de esfuerzos personales, de confianza en personas, de relaciones personales. Sus profesores han sido una especie de predicadores y misioneros, y no han solamente enseñado, sino que han conquistado e inflamado a sus oyentes. Cuando el tiempo ha pasado,  se ha visto que la influencia personal no dura para siempre...  El sistema tiene que ser necesariamente añadido a la acción individual» (77-78). La Universidad se convierte en una institución, con sus normas y autoridades. El principio universitario que empieza en Atenas con la influencia de sus grandes maestros, encontró en la capacidad organizativa de Macedonia, primero, y de Roma, después, el complemento del sistema. En Irlanda, pues para la Universidad Católica de Dublín escribe, Newman, hijo de San Felipe Neri, el santo de la amable espontaneidad, no cree que podrá él mismo consolidar la Universidad, para lo que sería mejor el don organizativo de Santo Domingo o San Ignacio de Loyola, pero ciertamente cree que podrá abrir la brecha y poner los fundamentos,introduciendo la gran idea en las mentes de los hombres y haciéndola entender y amar por parte de ellos, y tener esperanza y fe en ella y celo por ella; reuniendo muchas inteligencias para trabajar juntos por ella, enseñando a que cada uno entienda a los otros y tratar con ellos e ir juntos adelante, no tanto por regla como por mutuo sentimiento de amabilidad y devoción recíproca... estimulando un interés general y creando un gusto elevado en lo referente a las distintas materias del arte, la ciencia y la filosofía (89).

 

El principio universitario fue recogido en Atenas por Alejando Magno, el Emperador macedonio, cuyo talento militar y de gobierno no le impidió reconocer la grandeza de Atenas y conocer diversas ciencias. Uno de sus generales, Ptolomeo, beneficiado por la influencia de Aristóteles, fundó en Alejandría la famosa biblioteca. Y puso en ejecución un plan para el sostenimiento permanente de los estudios, resolviendo hacer de Alejandría la sede de un Studium Generale, el famoso Museo (lugar de las Musas) de Alejandría, dándole lugar y medios de sostenimiento. Si la biblioteca fue más tarde objeto del famoso juicio del Califa Omar, la escuela existía todavía en el siglo XII en que Benjamín de Tudela la visitó.

            El Museo de Alejandría anticipa ya las escuelas romanas, las que más inmediatamente dieron paso a la fundación de las Universidades medievales, si bien se da la diferencia de estar dedicadas las escuelas del Imperio Romano a la educación de los más jóvenes y no directamente al avance de la ciencia, como el Museo alejandrino. En los siglos que van de Augusto a Justiniano se formó la ordenación de los elementos del conocimiento a trasmitir como Trivium y Quadrivium. Después de esta enseñanza algunos continuaban el estudio de oratoria, filosofía, matemáticas y derecho. La enseñanza era pública y proveía la ley del Imperio su ordenación. En la misma colina del Capitolio se encontraba la sede de la escuela en la Urbe, y por distintas ciudades del Imperio se fundaban también escuelas, en las Galias, en Bretaña y en España.

            Los cristianos eran también educados en estas escuelas del Imperio, pues el papel de la Iglesia en la educación no empezó a ser determinante sino después de la gran tragedia del fin de la civilización antigua: las invasiones de los pueblos bárbaros. Newman documenta su admiración por la obra de Grecia y Roma, pasando por Alejandría, por lo que se refiere a cultura y orden público.

Pero si la violencia del Imperio se descargó sobre los cristianos, fue en vano, porque el peligro venía de otra parte. Godos, hunos y longobardos trajeron la ruina y la humillación de Roma. Es difícil hacerse una idea de lo que esto significó como destrucción del sistema educativo. Reproducimos una cita de San Gregorio Magno, que asiste a la destrucción:

 

Doquiera vemos llanto, doquiera oímos gemir; las ciudades destruidas, deshechos los campamentos, los campos desiertos, desolada ha quedado la tierra, no hay quien cultive los campos, apenas si ha quedado algún habitante en las ciudades; y, sin embargo, esas pequeñas reliquias del género humano a diario y sin cesar van siendo heridas... Vemos que unos son llevados cautivos, otros quedan mutilados y otros muertos... Viendo estamos cómo ha quedado Roma, la misma que en otro tiempo parecía señora del mundo: quebrantada multiplicadas veces con inmensos dolores, con la desolación de sus ciudadanos, con los ataques de sus enemigos y las frecuentes ruinas... ¿Dónde está ya el senado? ¿Dónde ya el pueblo?... A nosotros, los pocos que quedamos todavía, nos cercan diariamente las armas y cada día nos rodean tribulaciones sin cuento... ¿Dónde están, si no, los que un día se alegraban de su gloria? ¿Dónde la pompa de ellos? ¿Dónde la soberbia? ¿Dónde el frecuente e inmoderado gozo?... Ya nadie acude a ella para prosperar en este mundo ya no queda ningún poderoso... Y esto que decimos del quebranto de la ciudad de Roma, sabemos que ha sucedido a todas las ciudades del mundo; pues unos lugares han quedado desolados con la mortandad, otros han perecido bajo el filo de la espada, otros han sido atormentados por el hambre y a otros háselos tragado la tierra» (In Ez II 7; cit. en 110-111; tomamos la traducción de otra fuente).

 

En este estado de cosas no se podía ya hablar de educación. Desde Roma un Sínodo eclesiástico escribe a Constantinopla que el único sustento que queda es la fe que permita morir con esperanza. No hay modo de combatir la ignorancia creciente. Pero en esta situación de ruina, las Islas Británicas están más allá de las desgracias del continente. Hacia allá irá el principio universitario, hacia Hibernia y Britania, hacia los celtas cristianos y los anglo-sajones cristianos. Los siglos VI y VII son los del esplendor cultural de Irlanda, que educará a su vecina Inglaterra para los siglos VII y VIII de su propio esplendor. Aquí el principio universitario coincide con el principio monástico, que Newman evoca con tanta intensidad en Medieval Oxford. «Las escuelas de los monasterios irlandeses fueron en estos tiempos [S. VI] los más célebres en todo el Occidente... Los extranjeros que visitaban la isla, no sólo de las vecinas costas de Britania, sino también de las más remotas naciones del continente, recibían del pueblo irlandés la más hospitalaria acogida, sostenimiento gratuito, instrucción libre y aún los libros que eran necesarios para sus estudios» (125). Se forman en Irlanda monjes ingleses y europeos bajo la dirección de los irlandeses que llevarán de nuevo el principio universitario al continente, pasando por la fundación de las sedes episcopales y las abadías inglesas, que aportarán también educadores para Europa, el más famoso Alcuino de York en la escuela parisina de Carlomagno.

            La educación ahora es cristiana, lo que no impide que siga teniendo la forma heredada de Roma de las siete artes liberales. La tarea es enorme, hasta el punto que «la revitalización de las letras por la energía de los eclesiásticos y los laicos cristianos, cuando todo estaba por hacer, nos recuerda el nacimiento mismo del Cristianismo, en la medida en que una obra de hombres puede asemejarse a una obra de Dios» (164). Newman sigue de cerca el desarrollo de las  escuelas hasta la floración del siglo XIII en que nacen las Universidades propiamente dichas. «Un movimiento así no podía tener lugar sin el surgimiento de una filosofía profunda y comprehensiva; y cuando surgió, el Trivium y Quadrivium existentes se convirtieron en las materias a estudiar... Y luego la curiosidad y el entusiasmo, que una vez despertado atrajo grandes y más grandes números a lugres que eran centros locales de educación hasta entonces. Tal reunión de estudiantes, tal sistematización del conocimiento, son las notas de la Universidad» (157-158). Aumentan los miembros y se multiplican las ciencias, lo que lleva a los cambios que resultan en una distinción consumada entre las escuelas públicas y las Universidades. Difieren porque las primeras enseñan sólo el Trivium y el Quadrivium, mientras que las otras añaden medicina, derecho y teología. Las primeras siguen siendo muchas y están muchos lugares; las Universidades son pocas y se encuentran en grandes ciudades. Los fundadores son los Papas, los Emperadores y los Reyes, que también las patrocinan y premian.

            De nuevo se vuelve a ver la oferta de grandes maestros que atraen estudiantes de toda Europa. Pero bajo la autoridad eclesiástica estos maestros también son enviados como misioneros desde Roma, de donde parten hacia París, Pavía, Bolonia, Padua, Ferrara, Pisa, Nápoles, Viena, Lovaina, Oxford... En la Universidad el Trivium y el Quadrivium siguen siendo el centro, ahora constituido en Facultad de Artes Liberales, las siete contenidas en la antigua herencia. «La vida de las Universidades está en las nuevas ciencias, que no superaban sino suponías las Artes, las ciencias que eran Teología, Derecho, Medicina y, subordinadas a ellas, Metafísica, Historia Natural y las lenguas» (170-171). El movimiento es europeo, siempre con el motor de la búsqueda de maestros. Ejemplos notables de estudiantes viajeros son Lanfranco, Vacario, Sto. Tomás, San Anselmo, Juan de Melrose. Del inglés Juan de Salisbury recuerda Newman una página significativa, que aquí citamos desde otra fuente:

Siendo todavía un adolescente emigré a las Galias para estudiar, al año siguiente de morir el Rey de Inglaterra Enrique, y me dirigí primeramente al Peripatético Palatino (Pedro Abelardo), eminente doctor en Santa Genoveva que destacaba sobre todos. Allí, a su lado, recibí la primera instrucción de dialéctica, y con avidez escuchaba todo lo que decía. Después de su marcha, que me pareció precipitada, me encaminé al maestro Alberico [en Chartres], que era muy considerado como dialéctico, y se oponía radicalmente a la secta nominalista. Así durante dos años tuve como docentes a Alberico y Roberto Meludense, que era originario de Inglaterra... No había otros dialécticos más perspicaces que ellos... Con ellos estuve durante dos años... Después, teniendo en cuenta mis aptitudes y consultando a mis preceptores, me trasladé a estudiar con el gramático de Conches, y fui su oyente durante tres años. Entre tanto leí muchísimos libros, y nunca me arrepentí de esta actividad. A continuación caminé a estudiar con Ricardo Obispo, hombre no especialista en ninguna disciplina concreta, que tenía más corazón que ciencia. Con él repasé lo que ya había estudiado, y también me introduje en algunos temas del quadrivio de los que ya había recibido alguna noción de Hardewino el Teutónico. También repasé la retórica, que antes había visto parcamente con el maestro Teodorico, y había asimilado muy poco. Posteriormente llegué a dominarla con Pedro Elías. Dada mi precaria economía, varios amigos me facilitaron poder subsanarla impartiendo clases a hijos de nobles, lo cual me exigió actualizar mis conocimientos... Después del trienio me encontré con el maestro Gilberto, con él estudié la lógica y la teología. Le sucedió Roberto Pullo, interesante por su ciencia y actitud... De este modo estuve ocupado en mis estudios durante doce años. Me pareció grato visitar a mis antiguos compañeros que todavía permanecían en el monte (Santa Genoveva) dedicados a la dialéctica, y hablar con ellos de las vivencias juveniles, para nos confortase a todos. Allí encontré a muchos de entonces. No habían progresado ni un palmo de terreno. Discutían las mismas cuestiones de nuestros tiempos juveniles... Me vi profundamente decepcionado. Me confirmé en algo que tenía muy claro: así como la dialéctica es sumamente interesante para progresar en otros saberes, si se encierra en sí misma, resulta estéril y vacía, y no fecunda el alma para la filosofía[7].

 

En pleno siglo XIII las escuelas de París y Oxford compartían profesores y alumnos en una era feliz para la ciencia y la teología que se apoyaban mutuamente. Newman nos da los números que tiene a disposición. Pero de ninguna manera sueña él con volver a este estado de cosas. La Universidad hoy no puede ser como la de entonces, como evidencian ya los siglos subsiguientes de enemistad entre Inglaterra y Francia. Pero «si conservamos los grandes principios ante nuestros ojos, y tanteamos con cuidado nuestro camino, y pedimos la ayuda de arriba para cada paso que demos, podemos confiar en que, de acuerdo a nuestra medida, seremos capaces de servir a la causa de la verdad en nuestros días, y por el camino más expeditivo y más provechoso, como hicieron en épocas pasadas ya idas los que eran mejores que nosotros» (178).

            Pero el principio universitario necesitaba un poco de orden para los estudiantes. No era suficiente el entusiasmo por los grandes profesores. Se necesitaron los Colegios para la vida estudiantil. «El sistema de profesores cumple la idea estricta de la Universidad, y es suficiente para que exista [for its being], pero no es suficiente para su salud [for its well-being]. Los Colegios constituyen la integridad de la Universidad» (182). De por sí bastan profesores y estudiantes movidos por la sed de conocimiento. Pero con facilidad, lo saben todas las épocas, los estudiantes no encuentran los hábitos de recogimiento y regularidad en el estudio y el entusiasmo por la novedad de la ciencia y por los sabios profesores se disipa. El profesor tiene también sus peligros, «como el orgullo intelectual, las aberraciones del razonamiento y la intoxicación del aplauso» (185). Ciertamente el profesor representa la ciencia ante sus alumnos, que no separan la persona del saber, al menos en principio. Se necesita el equilibrio que da el Colegio, con sus horas ante los libros, con sus tutores, con su orden cuasi monástico. Pero el Colegio no debe sustituir al sistema profesoral, como desgraciadamente ha ocurrido en Oxford (cap. 19). Los Colegios son una suerte de continuación de las escuelas anteriores a la Universidad, muchas de ellas monásticas o para clérigos, siempre bajo una regla, lo que no excluía la admisión de laicos. De hecho, las escuelas monásticas quedaron dentro del territorio de la Universidad, primero como algo fáctico, pero con el paso del tiempo las Órdenes religiosas querían estar en la Universidad para la formación de sus propios miembros y tuvieron representantes en el cuerpo académico. Con la admisión de laicos, se dio inicio a la vida colegial que daba techo, comida, libros y orden regular. La vida universitaria quedaba así sostenida por las Facultades con sus profesores y por los Colegios con sus tutores, en un equilibrio delicado, que se pierde cuando se convierte en lucha de poder. Se llega al extremo de que los Colegios ya no son lugares de educación, sino meramente clubs. El mal crítico de la Universidad inglesa es éste, «no que los Colegios sean fuertes, sino que la Universidad no tiene ya jurisdicción real o práctica sobre ellos» (235).

El caso de Abelardo es tratado en capítulo aparte, pues ilustra la fuerza y la debilidad del principio de comunicación del conocimiento por causa de sí mismo, que es el principio universitario. Este principio como actitud subjetiva tiene que corresponder al descubrimiento de un mundo maravilloso, cuya totalidad es representada por las siete Artes Liberales: «La tranquila mente filosófica, que contempla las partes sin negar el todo, y el todo sin confundir las partes, es claramente poco dispuesta a la acción; mientras que las visiones singulares y simples detienen la mente y la precipitan a ponerlas por obra. Entonces, los hombres de una idea y ninguna otra, sea cual sea su mérito, tienen que ser hasta cierto punto de mentalidad estrecha; y no es de maravillar el que la devoción de Abelardo por la nueva filosofía le hiciera minusvalorar las Siete Artes en las que había crecido... No podía soportar que las Artes tuvieran su propia aplicación, puesto que él había encontrado un nuevo instrumento para un nuevo propósito. De modo que se opuso a la lectura de los Clásicos... Él no reconocía en los poetas de la antigüedad ningún mérito fuera del haber proporcionado un ensamblaje de frases y figuras elegantes; y en consecuencia se pregunta por qué no deben ser expulsadas de la Ciudad de Dios, como hizo Platón de su propio commonwealth» (197). Ahora a los alumnos se les promete «la verdad en pocas palabras... la suma total de la filosofía en menos de dos o tres años; y los hechos eran aprendidos... en resúmenes y tablas muertas. Tales fueron las reclamaciones a las que dio ocasión la Nueva Lógica» (198). Aquí ya no hay admiración ante la realidad, aquí la ciencia no se despierta ante el mundo que el poeta ve en su profundidad. Ahora el método lo es todo, promete todo, contiene por anticipado todo.

            Un último paso del principio universitario lo reconoce Newman en la formación sacerdotal emprendida en los últimos tiempos en los seminarios. Las Universidades nacieron de los seminarios, se puede decir, de las instituciones para la formación del clero. Con la creciente separación de una cultura secular y una cultura eclesiástica en el continente europeo, hasta la abierta oposición, se han vuelto a desarrollar, también a un nivel que supera las necesidades del ejercicio pastoral. Así ha nacido L’Ecole de Hautes Estudes en París, celebra Newman, que no se ha limitado a las ciencias eclesiásticas, sino que ha añadido recientemente estudios de matemáticas, física y geología. También aquí el principio universitario de los estudios por causa de los estudios, es decir, por la verdad. «La causa de la verdad, nunca dominante en este mundo, tiene sus flujos y reflujos. Es agradable vivir en un día en que la ola está viniendo. Así es el nuestro» (248), piensa Newman, bien consciente de los peligros y amenazas que crecen contra la fe cristiana. El primer rector de la Universidad Católica de Dublin, es sensible a cualquier signo de vitalidad que pueda presentar el principio universitario y reconoce muchos en distintos países, y por eso se ha decidido a representarlo en Irlanda. «Ésta es nuestra hora, cualquiera que llegue a ser su duración, a hora de grandes esperanzas, de grandes planes, grandes esfuerzos, grandes comienzos» (251). Vistos los escasos resultados, podría hacerse uno la pregunta de si Newman no es un poco ingenuo. Pero realmente no se puede pensar tal cosa si no se pierde de vista lo dicho sobre su concepción del principio universitario, nacida de su fe cristiana y su experiencia universitaria, nacida, por decirlo de una vez, de un amor que, de origen trascendente, no declina nunca ante las dificultades, límites y miserias. La «Idea de la Universidad» estará a salvo en algunos corazones.

 

3. Humanismo y Universidad

 

El principio universitario es, como hemos visto, una actitud humana que lleva a buscar el saber por causa del saber mismo. Pero, precisando más, el conocimiento es a la vez el descubrimiento que el hombre hace de sí mismo, pues no puede conocer el mundo y su trascendencia sin conocerse a sí mismo a la vez. El humanismo es la percepción de la posición del hombre en el todo: él no es el todo, pero tiene que ver con todo. Cuando esto se convierte en el interés por el conocimiento universal por sí mismo, tenemos el principio universitario. El hombre no es Dios, sino imagen de Dios, dice la Biblia. El alma humana es en cierto modo todas las cosas, dice Aristóteles. O más poéticamente, el hombre-poeta es el encargado de decir la palabra que las cosas quieren decir, según Paul Claudel. Todo conocimiento tiene algo de antropológico, implícita o explícitamente. Pero antropológico no es lo mismo que antropocéntrico, pues precisamente no es centrándose en sí mismo como el como el hombre puede encontrar su lugar.

            Newman sienta un principio muy sencillo, que corresponde a la filosofía clásica y al principio universitario: la vida es más grande que el pensamiento[8]. Éste es fecundo mientras no pierde la admiración y la alegría por esta mayor grandeza. En la admiración común, diríamos mejor todavía, en la gratitud común, surge la solidaridad entre profesores universitarios que no pueden sino sentirse servidores de una totalidad que les supera. En el encuentro con profesores que admiran el mundo real y sirven a su conocimiento, los alumnos son educados, no sólo instruidos en una ciencia, sino educados en la apertura al todo.

            Sobre estas actitudes se explaya ampliamente Newman en la primera parte de Idea of a University. Uno puede ser instruido en distintas disciplinas, pero la instrucción se convierte en educación solamente cuando desde la ciencia particular se abre la mente humana hacia el todo. Sólo la percepción del todo desde los fragmentos educa[9]. Por eso Newman sostiene que en la Universidad, que tiene como tarea la educación de la inteligencia de los jóvenes, todo profesor, sea cual sea su dedicación científica, es un filósofo[10]. Tal es la diferencia entre la Universidad y un centro de investigación de una ciencia en particular. Si la Universidad renuncia a este primado de la educación sobre la investigación, la Universidad abandona su función principal. Esto no debilita en modo alguno la investigación universitaria; más bien la promueve y la orienta. La promueve porque la educación en el conocimiento de un mundo más grande que nuestra ciencia necesita reconocer que los esfuerzos del conocimiento no se detienen, sino que la búsqueda está siempre abierta. Para Newman no tener preguntas es signo de letargo intelectual. De ahí que como cristiano expresara su famosa convicción de que diez mil preguntas [difficulties] no hacen un duda[11]. El principio universitario se puede reconocer en esta idea, porque consiste precisamente en la búsqueda del conocimiento, no en la repetición de convicciones, a la vez que la percepción de la verdad no tiene que ponerse en duda. No es la duda el motor de la ciencia, sino la certeza de haber visto algo tan indudablemente grande que conlleva la convicción de que nunca será suficiente el desarrollo de la ciencia. En este punto surge una característica de la Universidad animada por su principio auténtico: el buen humor. No se conoce sin jugar, sin celebrar no los propios méritos sino la realidad que nos rodea, sin reírse de la propia incapacidad de atrapar la realidad entera en la ciencia[12]. En ese momento el científico se siente muy cerca del poeta que canta, que celebra el ser. Newman es un incansable entusiasta, entusiasta de sus lecturas, de sus colegas, de sus alumnos. Entusiasta de la música, de los paisajes marítimos, de las huellas del pasado... En todo parece haber una posibilidad de empezar con el conocimiento riguroso y sacrificado a partir del honor de poder hacerlo. Ese entusiasmo es el que impide que la mediocridad de las instituciones destruya el principio universitario.

Esto nos lleva a otro aspecto del principio universitario: el conocimiento que se busca por sí mismo es llamado por los griegos «teoría», es decir, contemplación[13]. ¿Cómo podría ser de otra manera cuando uno ha llegado a interesarse en la grandeza de lo que es más grande que nosotros? El programa de una ciencia que ya no contempla el mundo sino que crea su objeto de conocimiento, nunca ha podido ser realizado, y siempre el  científico auténtico se encuentra a sí mismo con los ojos y la boca abierta, como Tales de Mileto o Hipócrates, o los monjes medievales cultivando en sus huertos hierbas medicinales. Este conocimiento contemplativo vale por sí mismo, no es «servil» sino «liberal», porque se busca por sí mismo, no como medio para otra cosa. La contemplación mantiene ese orden entre el frui y el uti, cuya pérdida según San Agustín es el pecado

Pero entonces, por último, el principio universitario procura un espacio único para la amistad. Porque amistad es precisamente eso, no mirarse uno al otro sino dos mirando en la misma dirección, abriendo los ojos admirados, dirigiéndose una mirada de comprensión y, con mucha probabilidad, ponerse a discutir.

 

Nobleza, admiración, humildad, gratitud, amistad: he aquí lo que contiene el principio universitario como actitud. Pero este principio tiene otra faceta, además de la actitud humana que exige. Es el aspecto del contenido. El conocimiento, decíamos, está abierto al todo, porque la verdad está unida en una totalidad que queda siempre inaccesible al hombre. Y el principio universitario ha sabido representarse filosóficamente el todo. Filosofía significa percepción del todo sin agotarlo. O, como se ha dicho, la filosofía es un  conocimiento radical, pero no exhaustivo, y esto es lo que significa el nombre: amistad con la sabiduría, no propiamente sabiduría.

El contenido del principio universitario es el todo, la totalidad de los saberes[14]. Una totalidad inaccesible pero perceptible si se tiene el arte suficiente de la totalidad. De Roma, siendo el primer sistematizador conocido Varrón, heredó la Universidad las Siete Artes Liberales, organizadas en Trivium y Quadrivium, como arte de la totalidad en su conjunto. Cuando la Universidad propiamente dicha empezó a existir, las distintas Facultades, ya lo decíamos, confluían en la Facultad de Artes Liberales, después llamada de Filosofía y Letras[15]. De ninguna manera ésta era una mera especialidad, sino el método de todos, el acceso al todo por parte de todos. Hoy no nos resulta fácil comprender la firmísima adhesión de siglos y siglos de indiscutible primado de las Siete Artes. En la Edad Media algún poeta las atribuyó nada menos que a Homero, padre de la cultura occidental. Y en el mundo anglo-sajón no han perdido del todo su vigencia. Desde luego no para Newman, por lo que nos detenemos en ello. 

            El Trivium estaba compuesto de gramática, retórica y lógica, el Quadrivium de aritmética, geometría, astronomía y música. Hoy nos parecería que el elenco queda así muy incompleto. En realidad, también sabían los antiguos que estas disciplinas no constituían todo el saber; eran más bien, en su conjunto de siete artes liberales, no serviles, el arte para la percepción del todo.

El Trivium era el mundo del Logos, de la palabra y la ciencia, de la palabra en sentido fuerte, es decir, el reconocimiento de que la ciencia es un diálogo misterioso con una Sabiduría superior a la humana. Desde luego, el significado de estas disciplinas ha cambiado mucho. Gramática, por ejemplo, en sentido clásico, no son las reglas gramaticales, sino el conocimiento de la literatura “canónica”, si se nos permite hablar así, el conocimiento de los clásicos, que tienen la función de enseñarnos lo más decisivo de la educación: el uso de la palabra. La retórica es el arte de expresarse bien, conforme a este uso clásico, y la lógica el arte de pensar con rigor.

El Quadrivium era el mundo de la naturaleza. Nos puede parecer reductivo, nuevamente, el elenco de las disciplinas del Quadrivium para representar la naturaleza. Pero hay que repetir que no pretendía ser exhaustivo, sino sólo el completo diseño del método para acceder a la naturaleza. Si se nos dijera que el Quadrivium contiene lo que nosotros llamamos matemáticas, tendríamos que estar de acuerdo, sólo haciendo notar la diferencia con la convicción antigua sobre los números como cifra del ser, por el juego entro lo uno y lo múltiple. El número de la aritmética y las dimensiones de la geometría, la división del espacio como astronomía y el movimiento y el tiempo reglado como ritmo y armonía, como música: estas cuatro disciplinas nos abren y prepara a la totalidad de la naturaleza, que tiene una admirable unidad en su diversidad.

          La palabra y la percepción de la naturaleza se despliegan en Siete Artes Liberales, Trivium y Quadrivium. La Universidad continental no ha seguido este modelo desde hace mucho tiempo, y no es cosa de proponerlo como tal, a pesar de su pervivencia en el mundo anglo-sajón, con sus excelentes resultados educativos. Pero, en realidad, el interés doble por la Palabra y por el mundo de la Naturaleza no han desaparecido y no pueden desaparecer en la tarea educativa de la Universidad. Trivium y Quadrivium corresponden a la imagen antigua del mundo, la del mundo como cosmos, es decir, como orden bello y divino. Nuestra imagen del mundo ya no es ésta, ciertamente, pero, ¿ya no lo es en absoluto? La idea de un orden real del mundo no producido por el hombre sino que posee consistencia propia, vigor y lozanía propias, inteligibilidad propia, no contradice ni la física de Newton ni la física cuántica, ni la química ni la matemática moderna ni la biología actual. La idea de una ciencia que descubre un orden y al hacerlo puede crear orden, puede investigar, seguir las huellas del orden real, siempre más grande que el orden creado por la ciencia humana, no es contrario a los ideales de la ciencia moderna. Una idea así contradice ciertamente algunos  de los postulados escépticos de la filosofía moderna de la ciencia, pero no hay que olvidar que estos postulados del escepticismo no son una conclusión científica, sino una decisión metafísica, motivada, como han mostrado los historiadores de la filosofía, por un apriori teológico. La ciencia moderna, ¿no sigue siendo un diálogo con el mundo real, cuya inteligibilidad le merece respeto y atención? Nótese que no hablamos aquí directamente de “diseño inteligente” de la naturaleza. Hablamos sencillamente de la labor diaria del científico que es tan contemplativa como creativa, contemplativa de lo que él no se da a sí mismo y creativa de un camino de conocimiento cierto.

           Por eso, si ciertamente no organizaremos ya la educación de la mente humana en Trivium y Quadrivium, el uso de la palabra y el interés por toda la naturaleza, más grande que nuestra ciencia, seguirán siendo la base de nuestra educación, mientras nos dediquemos a educar. El Trivium ha sido sustituido por los modernos estudios de lengua y de lenguas. A este conocimiento se une cuasi-naturalmente la necesidad de educar la mente para un discurso coherente, que no desproporcione lo que se sabe, sino que permanezca en las dimensiones justas para llegar a saber lo que todavía no se sabe. El uso correcto del lenguaje, la capacidad de trasmitir mediante el lenguaje los conocimientos adquiridos y de elaborar un discurso razonable que se pueda seguir por parte de otros, todo esto, se entiende de por sí, antes que una especialidad es un patrimonio común de toda la Universidad. Que haya una Facultad de Filosofía y Letras, en donde se estudian la lógica y la lengua, no podrá significar nunca que sólo allí hay palabra luminosa y razonamiento coherente. Seguirá siendo verdad la antigua institución clásica: el centro de la Universidad y de la educación es el uso de la palabra. Pero no sin el complemento de la mirada sobre el mundo. El Quadrivium ha sido sustituido por la matemática moderna y por la geometría no euclidiana, y por el desarrollo de las ciencias que en la Universidad medieval se encontraban in nuce. Pero esta sustitución y este desarrollo conserva la antigua convicción de que la relación entre el uno y lo múltiple, es decir, las matemáticas en su origen, son el lenguaje de la naturaleza. Y esto no es patrimonio de la Facultad de Ciencias, sino de todo el pensamiento y la educación universitaria: es uno y múltiple el concepto científico, es una y múltiple la experimentación en laboratorio, es una y múltiple en palabras la unidad del discurso...

Si el centro de la Universidad medieval, en coherencia con la historia del principio universitario, era la Facultad de Artes Liberales o de Filosofía y Letras, también hoy el centro de la Universidad sigue siendo la respuesta, siempre parcial, a dos preguntas: Qué es la palabra y qué es la naturaleza del mundo. Es el profesor el que pregunta y responde en diálogo con sus colegas y alumnos. Estos tres hechos, profesores, alumnos y búsqueda del conocimiento por sí mismo, conforman el humanismo del que vive la Universidad, gracias al cual puede cumplir su noble función de educar la inteligencia de los jóvenes.

El castigo del olvido de la Palabra y su importancia educativa sería la real incomunicación o la comunicación mediante palabras muertas, que no trasmiten nada real en el conocimiento de datos puramente técnicos. Y es verdad que la psicología nos advierte hoy del peligro inusitado de un autismo cultural, con expresiones fanáticas que pueden arrinconar a la Universidad en un formalismo legalista como único recurso de orden, pues las palabras pueden llegar a perder su contenido real. O, en palabras de Newman, el «conocimiento nocional» no debería separarse, si bien los métodos exigen abstracción, del «conocimiento real»[16]. Por otro lado, el castigo del olvido de la Naturaleza llevaría a radicalizar el fanatismo del poder, pues si no hay ya un orden que contemplar y un mundo maravilloso que vale la pena conocer, no queda sino la reducción del saber a poder, según la cual el mundo no es ya nada sino el objeto de nuestro discurso científico al servicio de nuestros intereses[17]. Tampoco es posible una cosa sin la otra, la Palabra sin la Naturaleza o la Naturaleza sin la Palabra; la absolutización de una de las dos bloquearía la tarea de la Universidad. Si todo es Palabra, el mundo es sólo el producto de nuestra verbalización; si todo es Naturaleza, nosotros mismo carecemos de tarea de conocimiento, no somos más que un epifenómeno de la Naturaleza.

            Pero no puede ser así. Un antiguo mito recuerda que las Musas, diosas del arte y la ciencia y la palabra, fueron creadas cuando al final de la ordenación del mundo los dioses notaron que faltaba algo. Creó entonces el padre de los dioses a las Musas, porque la Naturaleza no está completa sin la celebración de ella mediante la Palabra inspirada por las Musas. Privilegio del mito decirlo en imágenes llenas de hondura.

            Se podría decir lo mismo, todavía más profundamente, y lo hace Newman en Medieval Oxford, cuando reconoce que al «principio universitario» lo llama «principio monástico»: amor a la verdad como alabanza de Dios.

Ricardo Aldana

 

[1] Cf. Ian Ker, John Henry Newman, Oxfor, New York 2009, 694ss.

[2] En Historical Sketches III, London, New York, Bombay, and Calcutta, 1909, como se encuentra, con la misma paginación,  http://newmanreader.org/works/historical/volume3/universities/index.html

[3] En lo que sigue citamos repetidamente esta obra indicando entre paréntesis la página, según la edición que se encuentra en, la edición de Historical Sketches III en la página web apenas citada.

[4] Cf. Ian Ker, o. c. 54-101. Más sucintamente pero siempre luminoso para lo esencial, cf. Charles Stephen Dessain, Vida y pensamiento del Cardenal Newman, Madrid 1998, 73-96. Con una comprensión cordial, femeninamente inteligente, Meriol Trevor, John Henry Newman, crónica de un amor a la verdad Salamanca 2010, 67ss.

[5] Herrlichkeit III 1. Im Raum der Metaphysik. 1. Altertum, Einsiedeln 1965, 20ss; Epilog, Einsiedeln-Trier 1987, 11ss.

[6] Cf. especialmente Meriol Trevor, o. c., 33ss.

[7] Se trata de una página autobiográfica de Salisbury en su Metalogicon, cit. por César Raya Dafonte, Salisbury, Madrid 1999, 59-60.

[8] En la primera parte de The Idea of a University, Newman ha mostrado cómo, si la verdad es una unidad total, nuestro conocimiento tiene necesidad de abstracción, de modo que cada ciencia hace una cierta abstracción para obtener su objeto de estudio, lo cual no es negativo a condición de que el científico no olvide que ha hecho una abstracción. Esta primera parte ha sido publicada en español más de una vez. Cf. John H. Newman, Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria, Pamplona 1996. «Todo lo que existe, tal como es contemplado por la mente humana, compone un amplio sistema o una compleja totalidad... Ahora bien, no resulta sorprendente que, con toda su capacidad, la mente humana no pueda captar este hecho global con una simple mirada, o entrar de inmediato en posesión de él... La mente abarca en derredor, nota primero una cosa y luego otra lo mejor que puede considerándola bajo diferentes aspectos, como modo de avanzar hacia el dominio del todo. Así, por grados y por aproximaciones circulares, se eleva la mente para hacerse con un cierto conocimiento de ese universo en el que ha nacido... Estas diversas vistas parciales o abstracciones, por medio de las que el intelecto considera su objeto, son denominadas ciencias (76-77). «Las ciencias son resultado de esa abstracción mental de la  que he hablado, al ser el registro lógico de este o aquel aspecto de la totalidad del conocimiento. Dado que todas las ciencias pertenecen a un único y mismo círculo de objetos, se hallan todas conexas unas con otras... resultan de un modo u otro incompletas en su propia idea y en orden a sus respectivos propósitos. En ambos sentidos, todas las ciencias se necesitan recíprocamente y se ayudan unas a otras» (81). En este punto nos hace reconocer Newman la necesidad de la Filosofía para la existencia de la Universidad: «La comprensión del influjo de una ciencia sobre otra, y el uso de cada una hace de las demás, así como la situación, la limitación, el ajuste y la debida apreciación del conjunto pertenece, a mi juicio, a un tipo de cie ncia diferente de todas la demás, una especie de ciencia de las ciencias, que es mi idea de la Filosofía en el verdadero sentido de la palabra, y pertenece también a un hábito filosófico de la mente, que en estos discursos denominaré con ese nombre» (Ibid.). No es incorrecta la abstracción, pero el científico «comete un error al considerar su disciplina como la clave de todo lo que sucede en la tierra... al hacer el sistema concreto del mundo idéntico con un análisis científico personal, estructurado sobre  un aspecto particular, ese profesor que he imaginado demuestra carencia de hondura filosófica e ignorancia de lo que debe ser una enseñanza universitaria. Ha dejado de ser un enseñante de conocimiento libertal-humanísitico, y se ha convertido en un hombre fanático y estrecho de miras» (87). El tono polémico de estas páginas se debe a que Newman está defendiendo la necesidad de la Teología en el contexto de las ciencias. Y por el bien de ellas mismas, porque sin la Teología las ciencias tienden a suplantarla y se convierten en mala teología (c.f 104ss).

[9] «Aunque los estudiantes no puedan estudiar todo, en la Universidad se enriquecerán al vivir entre aquéllos y bajo aquéllos que representan el entero círculo de los saberes. Ésta es a mi juicio la ventaja de una sede de saber universal, considerada como un lugar de educación. Un conjunto de hombres sabios, celosos por sus respectivas ciencias, y mutuamente rivales, se ven llevados, por trato familiar y en favor de la paz intelectual a armonizar las pretensiones y relaciones de sus disciplinas. Aprenden así a respetarse, tenerse en cuenta, ayudarse unos a otros. Se origina en consecuencia una atmósfera clara y pura de pensamiento, que también respiran los alumnos, aunque éstos persigan sólo unas ciencias determinadas de entre toda una multitud. El estudiante se beneficia de una tradición intelectual, que es independiente de profesores individuales... Aprehende las grandes líneas del saber, los principios en los que descansa, las proporciones de sus diversas partes, sus luces y sombrea sus grandes y sus pequeños puntos... Se forma... un hábito de la mente que dura toda la vida, y cuyas características son libertad, sentido de la justicia, serenidad, moderación y sabiduría. Es... lo que me he atrevido a denominar hábito filosófico. Esto es lo que considero el fruto singular de la educación suministrada en una Universidad» (Discursos o.c. 125)

[10] «El fin genuino y adecuado del entrenamiento intelectual y de una Universidad no es la simple instrucción o la adquisición de conocimientos, sino el pensamiento o la razón ejercicios sobre los saberes, o lo que podríamos llamar filosofía» (Discursos,o.c. 155). Una descripción de esta tarea de la educación “liberal”: «Ensanchar la mente, corregirla, refinarla, capacitarla para conocer, y asimilar, dominar, regir y usar sus conocimientos, darle poder sobre sus propias facultades, y aplicación, flexibilidad, método, exactitud crítica, sagacidad, recursos, habilidad y expresión elocuente» (Id. 142).

[11] Apologia pro vita sua, Oxford University Press, London, Edinburgh, Glasgow, New York, Toronto, Melbourne, Bombay, 1913, 239. En http://www.newmanreader.org/works/apologia/part5.html

[12] Por ejemplo, a los solemnes católicos apologetas de Irlanda, dice Newman: Quien cree en la Revelación con esa fe absoluta que es la prerrogativa de un católico, no es una creatura nerviosa, que se sobresalta a cada ruido repentino y que se agita con cada apariencia extraña o novedosa que impresiona sus ojos. Él no tiene esa clase de aprehensión, se ríe ante la idea de que cualquier cosa que puede ser descubierta por cualquier método científico pueda contradecir alguno de los dogmas de su religión... Sabe que, si hay alguna ciencia que, desde su posición soberana y más allá de todo asalto, puede soportar con calma tales colisiones no intencionales por parte de los hijos de la tierra, es la Teología.... Si cualquier cosa parece ser probada... en contradicción a los dogmas de la fe... está contento con esperar, sabiendo que el error es como otros delincuentes; si se le da cuerda suficiente, se verá que tiene una fuerte propensión al suicidio» (The Idea of a University II. In Occasional Lectures and Essays Addressed to the Members of the Catholic University, London, New York, Bombay, and Calcutta 1907, 466-467. En http://www.newmanreader.org/works/idea/article8.html).

[13] Cf. Discursos, o.c. 102s; 123ss.

[14] Sobre la universalidad del conocimiento a la que aspira la Universidad, en la segunda parte de The Idea of a University, Newman reconoce en primero lugar la necesidad de la herencia de Grecia como universalismo de la Filosofía. Nunca entiende Newman por Filosofía el saber técnico de un especialista, sino la ciencia de la apertura al todo desde la profundidad que abarca todo, y para ello se requiere tanto al poeta como al filósofo: «el mundo hubo de tener ciertos maestros intelectuales y no otros; Homero y Aristóteles, con los poetas y filósofos que los circundan, hubieron de ser los maestros de escuela de todas las generaciones» (The Idea of a University II, o.c. 260). Además se ha requerido la universalidad del imperialismo de Roma para abarcar todas las regiones del saber (Id. 260ss. También 458ss). En tercer lugar se ha requerido la universalidad propia de la fe cristiana, porque la grandeza de Grecia y Roma no podía aportar el fundamento último del mundo. El cristianismo, desde la altura de la revelación divina, sanciona positivamente todos los estudios. No entra en concurrencia con ellos, sino que los sostiene y bendice. Por eso en el primero de sus Sermones Universitarios, del tiempo de Oxford, Newman sostiene el «philosophical temper» es una aportación del Evangelio: «La ciencia y la Revelación están de acuerdo en suponer que la naturaleza se rige por leyes uniformes y fijas. La Escritura, debidamente interpretada, es decisiva para eliminar todas aquellas causas o seres anómalos que muchos imaginan que interrumpen a su antojo el orden del universo... haciendo desaparecer toda esperanza de obtener alguna información real sobre el sistema que rige el universo» (La Fe y la razón. Sermones Universitarios, Madrid 1993, 60).

[15] «No es poco notable que, a pesar de la especial conexión histórica de las instituciones de la Universidad con las Ciencias y la Teología, Derecho y Medicina, una Universidad, después de todo, debe estar formalmente basada... y decididamente debería vivir en la Facultad de Artes... Esta Facultad existe antes que las otras Facultades; los Maestros de Artes eran el cuerpo rector y dirigente... Cuando los Colegios surgieron y se convirtieron en el medio y el instrumento de la acción de la Universidad, no hicieron sino confirmar la preminencia de la Facultad de Artes. Y entonces, y hasta nuestros días, en aquellas corporaciones académicas que más que las demás han conservado huellas de su origen medieval –quiero decir, las Universidades de Oxford y Cambridge– oímos poco de Teología, Medicina o Derecho, y casi sólo de Artes» (The Idea of a University II, o.c. 249-250.

[16] Cf. An Essay in Aid of a Grammar of Assent, London, New York and Bombay 1903, 36ss.

http://www.newmanreader.org/works/grammar/chapter4-1.html

[17] La alternativa al talante contemplativo del conocimiento es sólo la del saber como utilidad, es decir, como poder. Cf. Discursos, o.c. el discurso quinto, “El saber como fin en sí mismo” (123-142), citado ya aquí repetidas veces.